En el tiempo de los ruibarbos


Todavía quedan en nuestros patios esas perseverantes plantas de ruibarbo, arrinconadas por el tiempo, azotadas por el viento y la llovizna del verano austral, tocadas por el implacable y esquivo sol patagónico.

De esos tallos rosados hervidos en el profundo silencio de las cocinas magallánicas, saldrán orgullosas esas memorables mermeladas de ruibarbo, los licores que “pasan a estar” nomás, los pasteles de la abuela, los postres caseros y las tartas perfumadas y doradas, que van a adornar la mesa de la tarde y el desayuno.

Algunos foráneos preferirán ir a comprar esos frasquitos minúsculos de mermelada magallánica a precio de una boutique internacional, pero para los habitantes de la ciudad, cortar los tallos, a lo menos dos o tres veces durante el breve verano sureño, hervir la mezcla y toda su lenta y olorosa preparación son parte del ser magallánico y sello de identidad gastronómica.

Deberíamos extender y difundir las semillas del ruibarbo para que nuestros patios se vistan de verde.

Acaba de salir el pan amasado del horno … es el tiempo de los ruibarbos…

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